Cuando Italia fue unificada en 1530, apareció un juego de lotería italiana conocida como El juego del Lotto. Era una lotería semanal que se jugaba cada sábado sin excepción. Alrededor de 1778 el juego del bingo llega a Francia y es adoptado rápidamente, tomando gran popularidad. Las tarjetas se dividieron en tres filas horizontales y nueve columnas verticales. Cada fila horizontal de una carta de bingo gratis contuvo un total de nueve cuadrados -cinco con números y cuatro cuadrados en blanco- dispuestos al azar en la fila. Las columnas verticales contuvieron diez números cada uno: la columna una contuvo los números 1 al 10, la columna dos contuvo del 11 al 20, la columna tres contuvo los números que van del 21 al 30 y así sucesivamente hasta la novena columna, que contuvo los números 81 al 90.
Se colocaban en un bolso unas pequeñas fichas de madera con los números 1 hasta el 90 y de a una por vez se sacaban del bolso. Cada jugador tenía una tarjeta única del lotto y si el número cantado estaba en su tarjeta, entonces ese número se marcaba. La primera persona en cubrir totalmente una fila horizontal era el ganador. En el 1800s el renombre de los juegos de la lotería se expandió a través de toda Europa. Adquirió variaciones educativas, creadas para ayudar a los niños a aprender las tablas de multiplicación, deletreo e historia.
Lo que comenzó como la lotería italiana tomó forma en América con un turista que llegó a Alemania. Allí él conoció el juego de la lotería en una feria de carnaval y luego de hacer algunas revisiones al juego, incluyendo la opción de permitir que los jugadores terminen una fila verticalmente, horizontalmente o diagonalmente para que ganen, le cambió el nombre por beano. Manejaba su negocio una tarde, en diciembre de 1929 en una feria cerca de Atlanta, Georgia, cuando un vendedor de juguetes, Edwin S. Lowe, apareció. Como era temprano para iniciar las ventas, Lowe decidió pasar por la feria. La única tienda abierta era la tienda del beano, que estaba tan llena de clientes que Lowe no podía pasar a jugar.
Lowe vio cómo los jugadores escuchaban atentamente los números cantados y, si los números existían en sus tarjetas, los cubrían con una semilla. La excitación y la tensión creciente eran palpables. Cuando un jugador finalmente tuvo su línea cubierta, gritó: “¡beano!”. Atónito, vio cómo el comerciante intentaba varias veces cerrar su tienda, pero los jugadores insistían en seguir jugando. Eran ya las 3 de la mañana y recién entonces pudo terminar el juego, aunque lo hizo echando a los apostadores.
Lowe comprendió rápidamente el mercado potencial del Beano. Luego de su regreso a New York, creó su propio juego de Beano procurándose las semillas, los cartones y las estampas de goma para los números. Invitó a sus amigos a su departamento para jugar y comprobó la misma atención y excitación que había visto en la feria. Un jugador en particular estaba cada vez más emocionado por los números que anotaba en su cartón y cuando finalmente completó la fila, se puso tan nervioso que en vez de Beano gritó: ¡B-b-bingo! Y esta equivocación fonética cambió para siempre el nombre del juego, transformando el beano en el actual bingo.







